martes, 20 de mayo de 2014

Cap 5

El restaurante era lujoso. Habían bajado y el coche de Micca los esperaba. El trayecto había sido más de tipo silencioso. Es decir, se podía escuchar la respiración del conductor, el corazón acelerado de cada uno, el sonido de las calles, el hombre que gritaba a un motociclista que había pasado muy cerca de su auto; todo. 
-Docong - dijo una persona cuando entraron al restaurante - Los estábamos esperando, ¿la mesa de siempre? 
-No, quiero una especial, una con una mejor vista - dijo sonriendole.
El hombre los llevó a través de mesas hasta que llegaron a una puerta; era un elevador. Subieron varios pisos y cuando las puertas se abrieron, llegaron a una área distinta; más intima. La mesa que les fue asignada era a lado de una ventana; la Torre Eiffel era la vista a la que se refería. 

Antinea estaba sorprendida. No sorprendida por todo el teatro de exclusividad que acababa de pasar sino por la vista que ese lugar le proporcionaba. Conocía bien París, pero esa vista es de esas exclusivas para la gente que puede pagarla. Se quedó mirando un rato, parada frente al vidrio, absorbiendo el resplandor de la torre a esa hora. Pensó que al atardecer la vista debía de ser preciosa, mas no se quejaba. Micca nada más la miraba como absorbido por ese paisaje. Ella miraba la torre y él la miraba a ella. 

Antinea por fin se sentó y Micca lo hizo también. El momento de la verdad había llegado, tendrían que compartirse entre ellos. Antinea no tenía ganas de hacerlo, nunca se sentía relajada en situaciones así. Su cabeza siempre estaba distraída desbordándose de ideas sin importancia, de preocupaciones autenticas que olvidaba constantemente. 
-Bueno, - dijo - Entonces, ¿a qué te dedicas? - le preguntó Micca.
- ¿Por qué me trajiste aquí? - dijo Antinea. 
-Carajo Antinea, no puedo invitarte a salir ¿o qué? - dijo Micca intentando calmarse. Respiró profundamente mientras ladeaba su cabeza y con su mano izquierda tomaba el chino que caía en su frente para enredarlo entre sus dedos. Antinea abrió los ojos de par en par, no estaba segura de lo que estaba pasando. -Perdón, es que, de por si me es complicado estar aquí frente a ti y no sé puede tener nunca una platica normal. 
-Lo siento - dijo bajando la mirada. 
-No lo sientas - contestó precipitadamente Micca - yo lo siento más, no debería de ponerme así. Es que todo ha sido tan difícil contigo. 
Antinea sonrió haciendo que Micca lo hiciera también. -Soy mesera a lado de la biblioteca nacional, eso ya lo sabes - dijo riendo y continuó -, vivo en París desde hace varios años pero no deja de sorprenderme, supongo que por eso no me voy y...
-¿Por qué vives en ese lugar tan pequeño? - preguntó interrumpiendola.
-Porque soy mesera. Ya puedes responderme ¿por qué me trajiste aquí?
-Se puede decir que quiero que trabajes para mi. Ganarás mucho dinero y podrás vivir dónde quieras, en un lugar más grande. 
-¿Y el empleo es de?
-Primero comamos. 
-¿Y traes a todas las personas que quieres que trabajen contigo aquí?
-No... sólo a algunas -dijo como si no pudiese retenerse. 
-¿Entonces, de qué es el trabajo? Ahorrate la galantería - dijo en tono serio. 
Micca tragó saliva, normalmente no se ponía nervioso cuando las traía ahí pero con ella algo diferente pasaba. -Quiero que estés a mi disposición cuando quiera y hagas lo que yo diga. 

Antinea no se esperaba esa respuesta. Prácticamente había disfrazado las palabras "se mi puta" parafraseando con tecnicismos de hombre de negocios. -¿Por qué quieres que sea tu puta? - le dijo - eres guapo, tienes dinero, podrías conseguirte a alguien que lo haga gratis. - Micca no respondió, volvió a agarrarse el chino y comenzó a enredarlo entre sus dedos - ¿Hay exclusividad?
-Si - respondió. Ahora era como si Antinea hubiese tomado las riendas del trato. Él estaba ahí sentado, parecía tímido y se veía muy incomodo, como si le molestara haberle propuesto eso. 
-Depende - respondió Antinea - si soy tu puta y me pagas por eso no debería de haber exclusividad - dijo riendo y lo hacía porque no era a primera vez que le ofrecían dinero por sexo o por compañía. 
-No sé Antinea, no quiero que suene a que eres mi puta, no tengo tiempo para conquistarte y definitivamente no quiero entrar en el juego de enamorados pero... - dijo como si no supiera como continuar la conversación -... pero tampoco esperaba que reaccionaras así - confesó. 

El mesero llegó interrumpiendo la platica. Le dio las cartas y esperó a que escogieran insensible de la incomodidad que ambos intentaban esconder debido a lo que acababa de desarrollarse. Micca pidió y esperó a que ella lo hiciera. Antinea bajo la carta - ¿No vas a pedir por mí? 
Micca negó con la cabeza - No empieces - dijo. 
-No empiezo, ¿no es para eso para lo que me quieres? 
El mesero no sabía que hacer. Se veía como comenzaba a ponerse incomodo y no sabía si irse o quedarse. 
-Tomaré una ensalada - dijo - y de plato fuerte, te diré cuando me traigas la ensalada - le dijo sonriendole haciendo que se relajara; el mesero se fue.
-¿Estás provocandome? y encima coqueteas con el mesero. 
-Le sonreí nada más ¿o también me vas a decir cuándo sonreír y cuándo no?

Micca se paró precipitadamente y se fue hacia la ventana mirando al más allá; intentaba calmarse. Antinea por su parte pudo dejar que los nervios salieran. Aunque se había visto muy segura en esa confrontación, sus piernas temblaban, sus manos apenas podían sostener el vaso de agua, y si él no se hubiese parado y hubiese querido seguir la discusión, seguro que su voz quebrada la hubiera delatado. 

El mesero trajo los platos, Micca se sentó y fue Antinea quien tomó la palabra. -No sé, lo voy a pensar. Me gustaría disfrutar mi comida. 

Micca asintió. La comida siguió el curso normal que tienen las citas a esa hora. Rieron y hablaron poco de sus vidas y mucho del clima, de la gente que camina en las calles, y sólo un poco del trabajo personal que cada uno hacía; era como si, sin cerrar el trato no fuesen a hablar de nada personal. Después de la comida, Micca la llevó al museo del Louvre - dónde la había visto la primera vez - y con accesos exclusivos, caminaron por las salas despobladas sólo para ellos. Pasaron un buen rato sentados en un sillón que alguien había colocado simplemente mirando dicha pintura que nadie le prestaba la atención que se merecía. Después siguieron caminando por los pasillos y Micca se sentía tan bien, que no se dio cuenta cuando su mano agarró la de Antinea para mostrarle su parte favorita. Antinea lo notó pero no le dijo nada; a ella realmente le gustaba. 

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