jueves, 15 de mayo de 2014

Cap. 4

¿Qué debería ponerse? es la pregunta que toda mujer tiene antes de una cita. La noche anterior habían viajado en el metro en silencio; uno a lado del otro. Quizás ella estaba muy cansada para mirarlo y por eso no había sentido nervios, pero ahora los sentía. Era como si una descarga de adrenalina recorriera su cuerpo. Como si inconscientemente le gustara pero ni siquiera podía recordarlo. Se probo exactamente seis vestidos de distintos colores y estampados. Escogió uno rosa poco entallado. Se puso unos zapatos de tacón y comenzó a maquillarse. Cuando termino todo eso se sentía cansada, había dado muchas vueltas en el departamento yendo y viniendo para estar "perfecta". Se miró al espejo y se sintió patética. Patética no porque no se viera hermosa, toda mujer aumenta su belleza cuando retoca coquetamente ciertos detalles de su cara como un poco de delineador, las pestañas bien enchinadas, los labios, rojos. Se miró en el espejo y en verdad se veía linda, sólo que no entendía porque estaba haciendo todo eso. Se quitó los zapatos de tacón y se puso unas sandalias viejas y cómodas que tenía; combinaban así que tampoco era pecado usarlas.  

Miró su reloj apenas eran las diez de la mañana y su estomago gruñía. Se preparó una tasa de café y comenzó a mirar la pila de libros que había en su mini escritorio. Después sacó una hoja de papel y comenzó a escribir ideas que tenía; le gustaba hacer eso aunque no la llevase a ningún lado. Cuando eso sucedia, no se daba cuenta de cómo pasaba el tiempo y de repente, el timbre sonó sacandola de sus pensamientos. 

-¿Quién? - dijo por el interlocutor. 
-Docong, ¿bajas o subo? 
-Sube - dijo en automático sin reflexionar cómo podría sonar ese tipo de invitación. Era el problema de Antinea, a veces olvidaba la delgada linea que hay entre ser desconocido y conocido. Y sus conocidos y desconocidos cruzaban dicha linea sin saber cómo reaccionar. 

Micca  subió las escaleras, miró con desaprobación el edificio dónde ella vivía. Apestaba a humedad, las escaleras eran demasiado pequeñas y no había elevador. Antinea vivía en el sexto piso, lo que significaba subir más de 100 escalones al día. Cuando llegó, - cansado-, tomó unos minutos para recuperar el aliento, respiró profundo y tocó la puerta. 
-Entra- gritó Antinea. 

El departamento de Antinea era tan minúsculo como las escaleras por las que había llegado. Lo que parecía que debía de ser la sala era un sillón dónde apenas podían caber dos personas. Frente al sillón había una mesa verde chillón que no combinaba en lo absoluto. Un enorme librero se levantaba frente al sillón  y en una de las repisas, el espacio para una computadora portátil que no estaba ahí. Después papeles por todas partes, el suelo estaba tapizado de papeles y libros que apenas si podía esquivar cuando entró. Su cuarto era pequeño también, aunque la cama era matrimonial. Tenía también una pequeña mesa llena de cosas sin organizar. Entre ambos espacios había una mini cocina, por ahí también un mini baño. Todo ahí era pequeño y Micca se sintió claustrofobia pero no quería sacar a Antinea de su ensimismamiento; era como ver algo mágico, ella era mágica, lo había sentido. Y verla ahí, tirada en el suelo, haciendo algo que sólo ella entendía hacía que el sintiera lo mismo que sintió la primera vez que fue a hablarle. 

Antinea reparó al extraño 15 minutos después de qué este permaneciera parado a lado de la puerta. Subió la mirada y lo vio ahí, perfecto. Había olvidado cómo era porque sus encuentros habían sido casuales, y porque Antinea tenía ese defecto de no prestar atención a nada cuando su cabeza estaba pensando en otra cosa. Sintió nervios, nervios que recorrían todo su cuerpo. Él al ver que ella lo miraba sonrió y eso hizo que Antinea tuviese que bajar la mirada no sin antes verlo detenidamente como si fuese una revelación. 

Micca era muy guapo. Era de esos hombres que son guapos pero sabes que serán aún más guapos cuando envejezcan. Estaba perfectamente rasurado lo que le daba un aspecto de inocencia y perspicacia. Traía un traje color azul marino que combinaban perfectamente con sus ojos oscuros. Tenía el cabello chino y no lo tenía tan corto como recordaba. Quizás los kilos de gel habían hecho que no notará que lo tenía así. Ahora estaba más libre y un chino caía en su frente. 

-Déjame te ayudo a levantarte - le dijo y le tendió la mano - me gustaría llevarte a comer, si es que tienes hambre. - Antinea sonrió y asintió - No te ves tan ruda de día - le dijo sonriendo - es minúsculo aquí, me siento encerrado, comamos y hablemos. 
Antinea agarró su bolso, su abrigo y bajo las escaleras sintiendo los presencia de Micca cerca. Se sentía un poco extraña, a veces conoces a alguien y no lo notas pero cuando te das cuenta, es como si el corazón de ambos palpitara al unison, no se puede explicar solo lo sientes.

Ambos sentían eso pero no sabían cómo explicarlo. No se miraron mientras bajaron las escaleras por lo que no vieron la sonrisa de complicidad que ambos tenían. 

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