En realidad abrió el libro para parecer que tenía un propósito de estar ahí. Sin embargo, el encuentro que acababa de tener la había hecho reflexionar. Miró a su al rededor. Estaba acostumbrada a ese lugar, por eso normalmente no lo veía con detenimiento, pero ese día algo había cambiado. El hecho de haber sido interrumpida en su lectura y peor aún que aquel hombre de cierta manera haya logrado intrigarla, hacía que no pudiese concentrarse en absoluto.
Para ella era una casualidad encontrarse dónde se encontraba. Cómo había llegado ahí era lo de menos, lo importante era como mes con mes hacía lo necesario para mantenerse ahí. La ciudad de cierta manera la había enamorado, la ciudad y la libertad de hacer lo que ella quisiera. Pero lo que disfrutaba aún más era que esa ciudad acogía a miles de turistas mes con mes haciendo entonces que ella se sintiera que era de todas partes.
Ahora miraba a los turistas para sentirse más segura. Se encontraba sentada en una de las laterales que rodean la pirámide del Louvre. No era su lugar favorito, su lugar favorito era Notre Dame. Especialmente había sido el año anterior pues estaban celebrando una década cumplida y habían puesto unas gradas frente a ella. Era horrible el panorama si no estabas en las gradas pues veías la estructura metálica, intentando ser moderna, contrastando con la hermosura de dicha iglesia que intentaba imponer sus belleza, pero una vez sentada en las gradas, era magnifico poder subir la cabeza y mirar hacía el cielo, ver toda la grandeza de dicha catedral.
Ese día algo que desconocía la había llevado a otro lado. El edificio que rodeaba las pirámides de cristal le gustaban más que las mismas pirámides. El problema, era que al rededor de dichas pirámides, había unas fuentes danzarinas que, seguramente, sin personas sentadas en sus esquinzas, darían una visión extenuante; una mezcla de modernidad con una pizca de melancolía del siglo pasado. Pero no se podía jamás -y jamás es la palabra adecuada - encontrar ese lugar despoblado. Quizás en las noches, pero no se podía arriesgar, porque en la noche significaba que tenía que encontrar cómo regresar a casa y el metro cerraba a una hora dónde aún había mucha gente afuera. Y luego el clima, el clima parisino siempre era una sorpresa. Aquel día estaba caluroso, y era una sorpresa para abril, porque habitualmente tendría que estar lloviendo.
Miró su reloj, aun le quedaba tiempo antes de tener que ir a trabajar. Era su última semana trabajando en un restaurante que se encontraba al otro lado de dónde estaba. El restaurante estaba lindo, como muchas cosas de París. Lindo si eres turista, horrible si vives aquí. Tenía mesas rojas, y paredes rojas y todo rojo y dentro de eso, había un toque western pues los dueños habían comprado una franquicia estadounidense para crear un restaurante tipo "Grill", pero los franceses son difíciles de convencer por completo así que lo había terminado afrancesandolo tanto que ahora no sé sabía bien dónde catalogarlo. Lo malo, era que estaba lejos de los turistas de verdad, lo bueno es que a lado de él, la Biblioteca Nacional se levantaba como un monstruo que come diariamente suficientes estudiantes para mantener al país como potencia. Pensó en que quizás podría terminar su libro y regresarlo. Podría tomar uno nuevo, para entretenerse en esos caminos largos que hacia en los subterráneos de punto A a punto B.
Sonrió para ella, mirando al suelo para que nadie confundiera eso con una señal de "acércate y háblame" y comenzó a ponerse uno de sus sweateres y a guardar el resto en su mochila. Sintió una sombra a lado de ella. En realidad no era una sombra, eran dos sombras que estaban rodeándola. Dos hombres con trajes perfectamente planchados, lentes oscuros, corbatas rojas, la miraban sin expresión alguna con sus manos cruzadas una sobre la otra como si la esperaran.
-Señorita Ricci, el Señor Docong quiere que tenga esto. -Le dijo uno mientras el otro estiraba su mano y le daba un sobre.
Antinea lo tomó antes de pensar en lo que estaba haciendo. A veces sucede que no te das cuenta de lo que estás haciendo hasta que lo estás haciendo. Eso le pasaba constantemente a ella. Abrió el sobre y dentro encontró una pequeña tarjeta blanca con las letras MD; Micca Docong. En el revés había algo escrito. "Olvide pedirte tu número, así podremos comunicarnos".
Antinea abrió los ojos de par en par al leer esto. ¿Qué clase de persona te manda un celular con tal de comunicarse contigo? Sonrió burlonamente mientras negaba con la cabeza y de reojo vio como la expresión de las dos personas que parecía esperaban algo se volvía aún más seria -si eso es posible.
-Muchas gracias pero no necesito ningún celular. - Tomó la misma tarjeta de presentación y escribió su número telefónico. -Aquí esta muchachos -dijo riendo, siempre se había visto a ella misma en una escena dónde le decía eso unos gorilones para que cumplieran alguna tarea impuesta- gracias por la intimidante intervención pero tengo que irme al trabajo.
De pronto uno puso su mano en su oreja como si estuviera escuchando instrucciones de alguien y dijo -Permitanos llevarla a su destino.
-¿París en coche? ¿A esta hora? no llegaré nunca al trabajo. Permitanme decirles que, aunque esto es poco común, agradezco el interés de la voz del auricular pero temo que negare la propuesta. Ahora si me disculpa, estaba apunto de irme.
Se dio la vuelta y se fue. Estaba consciente de lo teatral que había sido, pero no eran muchas las oportunidades que tenía para sacar la actriz que llevaba adentro. Caminó hasta Trocadero porque aún tenía tiempo. Ya no quería pasar a la biblioteca, sólo quería repasar la escena mientras se reía para sus adentros. Bajo los escalones del metro, se subió a este y sacó su libro. Quizás si podría acabarlo.
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