La isla era un lugar mítico y paradisíaco. Habíamos llegado junto con otras parejas para pasar una semana de vacaciones inolvidables. La isla estaba hecha para que cualquiera que la pisara se enamorara de ella y se dejara seducir por los placeres que la misma te ofrecía. La primera noche, la calidez nocturna nos abrazó a mi y a mi novio; nos quedamos dormidos en la playa y despertamos abrazados. Mi cabello lleno de arena y el sabor salado en mis labios no me molestaba y a Andrés mucho menos, quien me agarró de la mano para correr a nadar juntos.
Las demás parejas hacían lo que querían. Era la base de esa isla, podíamos correr desnudos, nadar con ropa, comer los frutos que nos ofrecía la isla o ir a la pequeña cocina para prepararte algo más complicado. Andrés tomaba mi mano como aferrándose a mi, como si, si me soltará fuese a escaparme y eso me hacía sentir segura y querida.
La segunda noche, otras parejas se reunieron a nosotros en la playa. La fogata que habían hecho, bailaba al son de unos tambores; estábamos de fiesta. Comenzamos a comer frutas y a beber jugo color rojo sabor frambuesa o fresas. Los hombres besaban a sus mujeres violentamente y se alejaban para irse a perder en la oscuridad. Sentí de repente una necesidad de estar cerca de Andrés, lo quería sentir.
El tercer día, estaba cansada. Las piernas me dolían y un vació en el estomago me molestaba. Comimos pero el malestar seguía y más que hambre era u na sensación de advertencia; algo malo estaba pasando. Andrés fue a la playa a tomar un chapuzon y yo me quede sentada sintiendo el sol abrazarme. Una mujer de mi edad se acercó a mi. -Hola - dijo. Yo miraba a Andrés, él me sonreía y no quería dejar de verlo pero sentía que debía de mirarla. Cuando voltee a verla, ella estaba ... deshaciéndose. Pedazos de piel colgaban de su rostro, de sus brazos. Ella sonreía y seguía preguntándome de mí y yo nada más contestaba con monosílabas. Andrés salió del agua y tomó mi mano para que nos fuéramos, nos despedimos desde lejos; lo único que quería era salir de ahí.
-¿Haz visto eso? - le pregunté. -Si, - dijo calmado. - Ayer vi a otros muchachos así. -Debemos salir de aquí - le dije. Él no dijo nada, me abrazó intentando calmarme.
El cuarto día yo nada más pensaba en cómo irme de la isla. Andrés en cambió estaba más calmado, como si el pánico de la noche anterior hubiese sido una pesadilla. Yo seguía viendo suspicaz a mi alrededor; todos los demás estaban pudriéndose y así pudriéndose sonreían y actuaban como si nada.
-¿Por qué estás así? - le pregunté, - tenemos que irnos - dije.
-No podemos, la isla nos va a comer - dijo calmado. - La única manera es que concibamos a un bebe, la isla nos escogió para eso, por eso, no nos ha pasado nada.
-Andrés no lo haré. - le dije.
-Piénsalo, la isla no nos dejará salir vivos.
Miré al horizonte, no íbamos a concebir un bebe. No ahí, no iba a ser un títere para la isla. Andrés no parecía comprender la seriedad de la situación. Se fue a sentar atrás de mi y me abrazó.
-Encontraremos como salir de aquí, lo prometo - dijo mientras ponía su cabeza en mi hombro.
Pesadilla de Becca
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